Una historia de coraje y dignidad

Introducción: Mi primo, Christian Valentí, tenía tres años y medio, y una vida normal, cuándo sufrió un fuerte ataque de hemiplejia. Eso afectó gravemente a su movilidad en un brazo y una pierna. A consecuencia de ello, fue a hacer rehabilitación a la clínica Guttmann, en Barcelona.

En el 2015, ya con catorce años y convertido en un adolescente, escribió un cuento donde explica sus experiencias. Al leer su relato, me impresionó la madurez y valentía que demostró al enfrentarse a los problemas de su vida diaria. Gracias a él, me he dado cuenta de lo afortunado que soy, y de lo insignificantes que son mis problemas, en comparación con los suyos, y los de otras muchas personas para las que la vida es una lucha diaria. También me impresionó la madurez que demuestra al escribir su relato.

Dicha historia fue publicada por la Guttmann en un librito, con motivo de su 50 aniversario. Todos los derechos, por supuesto, les pertenecen a ellos. Pero yo he querido traducirla del catalán y publicarla aquí, para compartir esta extraordinaria historia.

 

Historias de la Guttmann (por Christian Valentí Lorente)

Yo tenía un problema

No me acuerdo mucho de lo que me pasó, pero mi madre me lo explicó.

Era el día 1 de agosto cuándo caminaba con mi madre y mi hermano, y ella notó que mi pie y mi mano fallaban. No le dio más importancia, y continuamos nuestro camino.

Al día siguiente, mi madre vio que la situación no sólo se había arreglado, sino que había empeorado y, espantada, me llevó de urgencias al hospital de Sant Pau.

Estuve ingresado unas dos semanas. Allí cumplí los cuatro años.

Recuerdo que mi madre pasaba la noche a mi lado, conmigo, y después se iba a trabajar. Veía poco a mi hermano y muy poco a mi padre.

Me hicieron diferentes pruebas, hasta llegar al diagnóstico. Me dijeron que había tenido un ataque de hemiplejia y, para recuperarme de las discapacidades que me habían quedado, nos aconsejaron la institución Guttmann.

Mi primer día

Aún recuerdo mi primer día en la Guttmann.

Yo estaba espantado, no sabía donde estaba ni porqué estaba allí. A las 17:00 horas entraba por la puerta para hacer rehabilitación. Yo estaba con mi madre, y cuándo entré por la puerta noté una fuerte presión en el pecho, y lloré. Yo me escondía bajo las mesas para poder quedarme con mi madre.

Marta, una antigua fisioterapeuta, me relajó, entonces yo le di dos besos a mi madre y ella se fue.

Primero jugué a un juego que me dio la fisio, porque quería que estuviera tranquilo para comenzar la rehabilitación. Recuerdo que todos los fisioterapeutas de la planta 1 vinieron a tranquilizarme. Entonces volví a ponerme nervioso y lloré de nuevo.

Cuándo paré de llorar, comenzamos a hacer rehabilitación.

Comencé con la mano. Me costaba mucho, sobre todo la sujeción y la precisión. Me ponía rojo cada vez que lo intentaba. Una hora después comencé a trabajar el pie. La chica se llamaba Mónica, era muy buena y paciente conmigo; me hacía aguantar el equilibrio y yo me caía todo el rato, pero cada vez que me caía, reíamos, y yo me lo pasaba muy bien. Tenía el pie con mucha tensión, pero me hicieron unos estiramientos y me relajé mucho.

A las 19:00 horas volví a ver a mi madre.

Consciencia

Pasaron dos meses hasta que me adapté a aquella situación.

Estaba acostumbrado a ver gente en silla de ruedas, gente que me miraba el pie con cara de pena, y aquellos burros que me preguntaban qué tenía sin saber ni quien era.

Claro, todo eso me hizo madurar muchísimo. Los problemas cotidianos, como no tener un juguete nuevo, o no poder salir al parque porque llueve, comenzaron a pasar a un plano muy secundario.

Era un niño muy pequeño. Sólo tenía 4 años y tenía que ir tres días a la semana a la institución, para poder hacer rehabilitación. Pero a mí no me gustaba nada, no disponía de tiempo para hacer nada más.

Cuando ya hacía un año que estaba en la Guttmann, fue llegar por la puerta y encontrarme un nuevo fisioterapeuta, el Joan Enric.

Conecté muy bien con él. Me trataba muy bien. Me trata muy bien. Se podría decir que iba a la Guttmann para estar con mi amigo. Se convirtió en mi referencia.

Un día, mi madre, por cuestiones de trabajo, decidió que ya podía ir solo en ambulancia a hacer rehabilitación. La cosa es que yo me desanimé, porque cuando estaba con ella me sentía bien y seguro, pero cuándo iba sólo sentía tanta responsabilidad que me entraban ganas de llorar.

Cada vez que llegaba, miraba el paisaje de Barcelona y eso me marcaba mucho. Era muy significante ver aquel paisaje mientras pensaba en mi madre, que estaba esforzándose al máximo, por mí y por mi hermano.

Me encontraba en una de las situaciones más delicadas de mi vida, y las subidas de moral eran muy necesarias.

Reflexioné, y creo que maduré porque empecé a ir a la Guttmann con convicción, con seguridad, y comprendí que la Guttman era buena para mí.

Amigos

Comencé a coger confianza con todos los integrantes del centro, pero cuando cumplí los siete años se podría decir que me rebelé.

Me rebelé porque estaba harto de tener que hacer cada día lo mismo.

La Guttmann tiene una pista de fútbol, y yo siempre me escapaba para jugar allí con algunos amigos. Con mis amigos Jan Pol, Josep Palmarola, Albert i Sergi formaban el grupo más “gamberro” del instituto Guttmann.

Eso hizo que mi relación con mi amigo Joan Enric cambiara mucho. También cambió con “Fini”, uno de los grandes fisioterapeutas. Entonces, yo me sentía bien y mal. Bien, porque podía jugar a fútbol y olvidaba aquellas sillas de ruedas. Mal, porque sentía que había perdido unos amigos muy importantes.

Eso duró dos años, hasta que me fui tres meses de la Guttmann. Cuando volví, estaba triste porque pensaba que no se acordarían de mí.

Volví con mi amigo, Joan Enric, pero nuestra relación había cambiado mucho. Recuerdo que, una vez, me caí de la silla de ruedas, y de tanta rabia que me dio, di un golpe muy fuerte al suelo; como nuestra relación no era tan buena, Joan Enric me castigó, y entonces, yo me eché a llorar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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